Leyéndolo desde los segundos parece una eternidad. Y quizás desde ahí se interprete mejor ésta sensación. Extraña, si. Única, también.
Una noche. Lluvia torrencial. Una vida nos separaba. O tal vez eran tan solo seis cuadras y media. O un Fiat Spazio rojo. O una pareja de amigos en común. O vaya a saber que...
O todo lo anterior puede que haya alineado los astros para que algo ocurriese. O tan sólo una botella de vidrio de origen ruso, de etiqueta roja y letras blancas. O vaya a saber que...
Un complot, un plan groseramente armado para que mágicamente desaparezcan diez personas de un ambiente. O vaya a saber que...
Una cortes invitación a una especie de fiesta privada bien entrada la madrugada que posteriormente se convirtió en una sutil y apresurada echada de la misma, casualmente por los mentores del benéfico plan. O vaya a saber que...
Dos personas caminando en la inmensidad de la oscuridad, deteniéndose a cada paso como si algo los atase y a la vez lo atrajese imantados por algo que hasta hoy aún es poco claro e inexplicable. O vaya a saber que...
Una esquina. La interjección de dos calles. Vicente López, una. Julián Lynch, la otra. Un lugar que semanas más tarde volvería a encontrarlos. Un sitio testigo del primer roce, del primer contacto, del primer beso.
Atribución a varios vasos de vodka, a otros tanto de ron, a una embriaguez tirana que hizo florecer algo que, según se asevera por ahí, jamás hubiera ocurrido. Modestia aparte, confieso que no creo que haya sido así. Algo más embrujó esa casta y pura conducta, algo del más allá provocó una tentación inexplicable de que allí algo comenzase.
Comenzase, dije. Y espero no equivocarme en la conjugación temporal...
Me vi envuelto en una placentera enredadera que me atravesó profundamente hasta tocarme las fibras más recónditas de mis sentimientos. Una vibración, un golpe, un shock. Se despertó una sensación en mi interior que hacía mucho tiempo permanecía dormida, en coma profundo. Abrí los ojos, intenté razonar, pero ya era tarde. El tsunami avasalló mi cabeza, la nubló, la encegueció, la doblegó...
Tengo miedo que el día que leas éstas cosas (o algún mensaje o que escuches en palabras lo que escribo) llames asustada al manicomio para que me lleven enchalecado a una habitación blanca de goma espuma. Pero soy así, vivo así, me expreso así, siento así. Pasa rara vez y en éste caso, fuiste vos la que padece y perece ésta especie de desgracia, aunque no hayas tenido el poder de decidir si querer o no vivirla.
Ya te he dicho que sueño momentos con vos, que te convertiste en alguien importante en mis días, que te extraño mucho desde el domingo a la mañana hasta el sábado a la madrugada, que aunque tenga sabor a poco disfruto como nunca esas pocas horas que paso con vos en cada fin de semana, que me encantaría poder ser alguien en tu vida, que moriría por conquistarte y sobre todas las cosas, por hacerte la mujer más feliz del universo.
¿Si podré lograrlo? Esa es una respuesta que sólo vos podrás darme en algún momento. Lo que yo puedo asegurarte es que desde aquel 19 de febrero de 2012 me di cuenta y convencí de que voy a ser lo posible e imposible por alcanzar todo aquello que mi cabeza, aún en coma profundo por tu aparición, día a día se anima a soñar...
No hay comentarios:
Publicar un comentario