Creo que ni el sueño que puedo llegar a tener en éste momento me impedirá poder escribir. Hay otros atenuantes que lo superan ampliamente. Acabo de llegar a casa, no hice otra cosa que poner un pie en la cama y decidir trasladar ésto que me está pasando. Ya te lo dije alguna vez, pero como que hoy y ahora se magnificó. Acabo de llegar a casa, caminando las pocas cuadras que me separan de "nuestro lugar" a mi casa, con el sol pegándome de lleno en la cara, aunque claramente sin importarme demasiado. Acabo de llegar a casa, con la sonrisa mas grande del mundo, como hace muchos años no se dibujaba...
La noche era rara de por si. Un sábado laburando en ése turno no era de las mejores cosas que me podían pasar. No precisamente por no poder salir, sino porque no iba a poder verte (al menos en principio). Intenté de todas las maneras posibles cambiar el turno, pero nadie podía. También de cambiar el día, pero con los cambios que había hecho "para darte una sorpresa" (que se me complicó, como casi siempre), no me quedaban días para devolver. En fin, estaba hasta las manos. Encima, después del incidente del viernes, en algún momento (o en varios) pensé que no iba a verte en todo el fin de semana. Imaginate como estaba. Loco y triste sólo si me mirabas con un solo ojo. Yo te había dicho de vernos cuando saliera de trabajar, pero no quería cortarte al medio la noche. Estabas con tus amigas, divirtiéndote y pasándola genial y yo no quería que dejes de estar así por mi, por mas que me estaba muriendo de las ganas.
Pero... Pero siempre hay que tener una esperanza.
Me hiciste una compañía inmensa durante toda la noche a través de mensajes. Sí, ponele que el problema comunicativo está solucionado por el momento, jaja. Te pasaste mal contestándome toda la noche, amén de estar de previa y después en el boliche, siempre acompañada de tus amigas, claro. Y a pesar de eso, el celular no paró de sonar en toda la madrugada...
Debo confesar (aunque ya lo sabes/padeces, jaja) que soy demasiado sentimental. Demasiado. Pero hay un atenuante que me pone el doble de ésta condición: la noche. No me preguntes por que, pero me afloja un montón y me saca los filtros para decir cualquier cosa. Y bueno, nada. Me encantó por decirte un montón de cosas que en otro momento (no por vergüenza, sino por miedo a que te sientas presionada/apurada y que salgas corriendo) no sé si te hubiera dicho. Y más me gustó todavía que lo hayas recibido con una sonrisa... Lo mejor igual fue cuando en no sé que número de mensaje, yo te pregunté "¿ya tenes ganas de irte?" y vos, con la dulzura y espontaneidad que te caracteriza, me respondiste "si, pero con vos". En ese momento sonreí de tal manera que me convencí realmente que después de que saliera, te iba a ver. Y así sucedió...
Llegué a mi casa cerca de las 6. Había ido al trabajo como nunca: jean, zapatillas, campera de salir, la remera del laburo y si, una camisa por las dudas, jaja. Sabía que estuvieras donde estuvieras te iba a ir a buscar. No fue necesario, pero para la ocasión debía estar, al menos, a la altura de las circunstancias. Entré a mi hogar, me cepillé los dientes, me cambié la remera, me perfumé y salí a la vereda a esperarte. Bueno, está bien. Por acá si te lo confiesa, tardaste un poco en salir, jaja. Pero estaba tan, tan, tan entusiasmado y contento porque iba a verte que ese lapso de tiempo se me pasó volando.
Y sí, como a las 6:20 se abrió la puerta de Macau. Y sí, de allí saliste vos, campera y capucha puesta y tu sonrisa, siempre radiante. No sé que es exactamente, pero cada vez que te veo me sucumbe el cuerpo, me pasa un tsunami por encima. Y es una de esas lindas sensaciones...
Todo lo que pasó después fue increíble. Te siento cada vez mas suelta, mas desenvuelta. Cada vez mas vos, con menos prejuicios y ataduras. Sincera como siempre, pero potenciada por esa química que vamos generando. Todo fue tan perfecto que no había forma de que me quisiera ir de ahí. Más allá de las gastadas que pude haberte llegado a hacer (y todavía hoy lo hago) y las jodas de que estabas un poco ebria, te confieso acá y ahora que siempre sentí que todo lo que decías venía de muy, muy adentro y era tan, tan real que de verdad me emocionó y dio muchísima felicidad. Te voy conociendo de a poco y por todo lo que me decís, entiendo tu manera de ser, tu distancia, tu prudencia, tu manera de ser, de expresarte, tus manías, tus locuras... Pero también entiendo y valoro infinitamente cada uno de tus gestos de intentar cambiar alguna de esas cosas. Que me hayas dicho que me extrañas, que me hayas dado una explicación cuasi científica de por que yo no debo decirte cuanto te extraño, que me hayas dicho que aprendiste a quererme en éste poquito tiempo, que me hayas regalado cientos de tus besos y abrazos, que te hayas "escapado" del boliche, que me hayas dado mucho de tu tiempo y sobre todas las cosas, el amanecer más lindo del mundo...
¿Cómo iba a querer irme? No había ningún tipo de posibilidades... Igual menos mal que me echaste, porque mi sue... Digo, tu mamá estaba a punto de salir a ver con quien estabas, jajaja.
Y así fue como pasó esa rara noche de sábado... Más allá de la aún más rara noche de viernes, todo lo que hiciste fue muy importante para mi. Si querer verme ya era increíble, con todo lo qu e eso implicaba, desde que yo laburaba hasta que vos ibas a estar con tis amigas, que lo hayas hecho con todo lo que eso implicaba fue aún más hermoso. Y creo (desde la subjetividad de la cual hoy no voy a poder despegarme), que claramente fue un amanecer feliz...
No hay comentarios:
Publicar un comentario